Por: Carlos Dragonné

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Pocos lugares son los que me convencen a ir, sin conocer nada de la propuesta culinaria que presentan. Pregunté a quienes me recomendaban y las respuestas vagaban siempre en un asunto visual más que en una experiencia gastronómica, por lo que normalmente hubiera pasado de largo. Siempre he dicho que si no recuerdas el platillo, puede que el tiempo que pasaste en ese restaurante haya sido tiempo desperdiciado. Sin embargo, una fotografía me convenció. ¿Por qué? Porque tengo una debilidad: la búsqueda del escenario perfecto en un atardecer. Así que tomé el auto en Cabo San Lucas, manejé y llegué en unos minutos a Sunset Monalisa con toda la intención de no pensar en la comida, pero con la mejor de las ganas de ser sorprendido.

Sunset Monalisa: La búsqueda de la sorpresa

Arquitectónicamente me recuerda a uno de esos palacios de placer que nos vendían en el turismo playero de los setenta, con capas y terrazas que van cayendo y en las que diferentes historias van contándose aquí y allá, entre una danza de meseros que me hace desear tener un dron y poder hacer un recorrido visual de lo que está sucediendo. Desde las mesas grupales de amigos que parecen celebrar simplemente la vida misma hasta románticas mesas para dos con la mejor vista de la bahía y la promesa de que, en un rato más, no me iré decepcionado de lo que vine a buscar.

Sunset Monalisa: La búsqueda de la sorpresa

La propuesta gastronómica tiene una identidad interesante porque se divide en tres, dependiendo de la zona del restaurante en la que estés. Desde el menú de degustación insignia de Sunset Monalisa, en el que tienes dos opciones Prix Fixe o escoger a la carta las creaciones del chef, hasta un ambiente más relajado en Sunset Point, donde entre pizzas y focaccias puede transcurrir la tarde con un acompañamiento de la coctelería del lugar.

Sunset Monalisa: La búsqueda de la sorpresa

Catalogado como uno de los lugares más hermosos del mundo para comer, el restaurante ha impulsado estos nombramientos al máximo y, como es natural, me llenaba de escepticismo pues siempre he creído que halago en voz propia… pero no esta vez. Mientras disfrutaba de esos espacios de sabores que dejó el postre en el retrogusto y brindaba conmigo mismo por el gusto de tan buena compañía –sí, lo sé, pero suelo caerme bastante bien cuando como solo–, el atardecer comenzó a suceder. Y, entonces, la majestuosidad del famoso arco de Cabo San Lucas se volvió a la vez cómplice y testigo de una tarde en la que no esperaba nada y en la que sólo quería que me sorprendieran. Y he de decir que, entre los ocres y naranjas de la belleza de los cielos de Cabo, la palabra “sorprendido” queda bastante corta.